Navidad

Martin Seligman, precursor de la psicología positiva moderna y profesor de la Universidad de Pensilvania, habla de tres niveles de felicidad:

1. El primero se referiría a la vida placentera, que ya hemos descrito: comer, beber, reír y disfrutar de los placeres que la naturaleza nos proporciona bajo el sol.

2. El segundo nivel sería una vida en la que realizamos actividades que nos involucran, comprometen y absorben hasta el punto de casi fundirnos con ellas y estar absortos –también disfrutando.

3. El tercer nivel sería llevar una vida con significado, en la que nos implicamos en proyectos y causas que son mayores que nosotros, trascendemos nuestra individualidad y encontramos nuestro disfrute a través de actividades que dan un sentido a nuestra vida.

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En los tres niveles hay bienestar, incluso mucho, y los tres son necesarios para alcanzar un buen nivel de bienestar psicológico. Sin embargo, cada uno de los tres niveles proporciona un bienestar de diferente tipo y cantidad.

¿Sabéis cuál es ranking? Según Seligman, lo que menos felicidad da es la vida placentera -el primer nivel- porque todos sabemos que el placer, por intenso que sea, suele ser pasajero: nos acostumbramos rápido a lo bueno.

Por el contrario, el nivel que mayor bienestar proporciona es el tercero: una vida significativa en la que ponemos nuestras capacidades al servicio de algo mayor que nosotros mismos, encontrándonos con proyectos trascendentes que nos permiten tener relaciones satisfactorias con otras personas y que implican al máximo nuestras capacidades y que, por supuesto, incluyen actividades de las que disfrutamos, aunque sea a un nivel menos sensorial que con otras.

No sabemos cuál es el camino exacto hacia la felicidad, pero la ciencia nos está indicando que, por lo menos, la felicidad es cosa de tres.

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Según este estudio, las personas felices se sienten más responsables de lo que dejarán a las generaciones futuras, están más motivados y preparados para cambiar lo que sea necesario en ese legado, y se implican más en iniciativas solidarias.

Por su parte, Gretchen Rubin, autora norteamericana del best-seller The Happiness project, argumenta en la misma línea a favor de la relación entre voluntariado y felicidad:

La gente feliz se interesa más por los problemas de la gente a su alrededor. Dedican más tiempo a ayudar a los demás y son más proclives a hacer voluntariado que a donar dinero. La felicidad le da a la gente la estabilidad emocional para mirar a su alrededor mientras que la gente menos feliz están más predispuestos a la desconfianza, la soledad y la preocupación por sus propios problemas.

 

¿Y ESO FUNCIONARÍA TAMBIÉN EN ESPAÑA?

La solidaridad nos hace más felices, desde el altruismo. Aunque uno a nivel individual piense que está haciendo poca cosa, está contribuyendo al bienestar de las personas y eso es algo que se distribuye y acaba construyendo una sociedad más solidaria y, por tanto, más feliz.

Elsa Punset, directora del Laboratorio de Aprendizaje Social y Emocional de la Universidad Camilo José Cela. ha desarrollado, dentro de la campaña Somos, la Teoría de la Solidaridad que confirma la relación que se da en los humanos entre solidaridad y felicidad.

El altruismo es a la vez innato y aprendido. Nacemos empáticos, con la capacidad de ponernos en la piel de los demás y de sufrir y disfrutar con ellos y podemos aprender a potenciar esta capacidad o, al contrario, a ahogarla. Los modelos sociales que muestran comportamientos altruistas ayudan mucho a la sociedad

 

Elsa Punset ha realizado un estudio para comprobar la hipótesis sobre la solidaridad humana a través de un cuestionario de diez preguntas que ha sido respondido por más de 40.000 personas de nuestro país en muy pocos días. Entre las conclusiones destaca la afirmación de que los mejores momentos de felicidad de las personas están relacionados con la solidaridad y las relaciones afectivas.

En tiempos de crisis, donde vemos que los gobiernos no llegan a todo, es fundamental despertar la capacidad activa de ayuda de las personas que forman parte de una sociedad. Nos necesitamos, y cada día más porque somos más, y para sobrevivir y prosperar tendremos que colaborar más”.

 

La solidaridad es la base de una sociedad próspera y humana, el lienzo en el que pintan la amistad y el amor sus mejores cuadros y, en definitiva, la razón por la que nos levantamos cada mañana pensando que todavía podemos cambiar el mundo y convertirlo en un lugar más bello.

En el mundo actual, en el que “dar” parece ser sinónimo de “recibir”, ya no se contemplan las ideas altruistas como parte del día a día. Sin embargo, las posibilidades son infinitas: se puede ser solidario en el ámbito familiar, en el trabajo o en tu comunidad, ser solidario también significa transmitir valores positivos a las personas que te rodean y participar de su felicidad. ¿Qué solidaridad practicas tú?

“No hay bien alguno que nos deleite si no lo compartimos”
Séneca.

Otro rasgo más del sentimiento o la emoción de felicidad es que no depende tan sólo de la experiencia o de las elecciones individuales, también es una propiedad de los grupos. Los cambios en la felicidad individual pueden atravesar las conexiones sociales y crear agrupaciones de gran escala dentro de la sociedad, dando pie a grandes grupos de individuos felices o infelices.

 

FELICES: MEJOR JUNTOS QUE POR SEPARADO

Al igual que otros rasgos de la personalidad, la felicidad personal parece estar muy marcada por nuestros genes. Los estudios sobre gemelos y mellizos demuestran que los gemelos tienen mayor tendencia a exhibir el mismo nivel de felicidad que los mellizos o los hermanos. Pero como veíamos en el primer tema, nuestras experiencias y nuestra determinación en la vida pueden influir decisivamente en nuestro estado de ánimo.

Dentro de esa herencia genética tenemos una gran variedad de sentimientos y emociones. Pero la ciencia ha podido determinar gracias a estudios realizados en personas que realizan meditación y  en especial meditación budista, que permitir aflorar la compasión y la naturaleza buena que todo ser humano lleva dentro puede ayudarnos a convivir con una mente más clara y más hábil a la hora de lidiar con las emociones negativas y fomentar las emociones positivas.

La felicidad no es una sucesión interminable de placeres que terminan por agotamiento, sino una forma de ser, una actitud ante la vida.

 

Un antropólogo estudiaba las costumbres de una tribu de África. Estaba siempre rodeado de niños y un día decidió proponerles un juego para que se divirtieran entre ellos. Consiguió una buena porción de caramelos en la ciudad y colocó todos ellos en un cesto, decorado con cintas y otras cosas, luego dejó el cesto debajo de un árbol.

Empezó a llamar a los niños y les explicó el juego: cuando él dijese “ya”, ellos deberían correr hasta aquel árbol y el primero que agarrase el cesto sería el vencedor y tendría el derecho de comerse todos los dulces.

Los niños se pusieron en linea esperando la señal. Cuando el antropólogo dijo “ya”, inmediatamente todos los niños se dieron las manos y salieron corriendo juntos en dirección al cesto.

Todos llegaron juntos y empezaron a dividir los dulces, y sentados en el suelo, se los comieron entre todos.

El antropólogo fue al encuentro sorprendido e indignado porque no hubieran entendido el juego y preguntó por qué fueron todos juntos, cuando si se esforzaban, uno sólo, el mejor, podría conseguir todo el cesto entero.

Los niños respondieron:
“¿Cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?… ¡UBUNTU!”.

UBUNTU significa:
SOY PORQUE SOMOS

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#SOYSOLIDARIO – EL DON DE REGALAR

Primera gran curiosidad: regalar nos hace más felices que recibir regalos. Así lo ha demostrado un estudio, que relaciona la generosidad con el hemisferio derecho del cerebro, experimentando una mayor sensación de felicidad cuando hacemos regalos a las personas que queremos que cuando nos los hacen. En otro estudio, realizado en 2010 por Elisabeth Dunn y su equipo, se demostró que los adultos eran más felices cuando se gastaban el dinero en otras personas que cuando lo hacían en ellos mismos.

Y es que aunque todos necesitamos de vez en cuando darnos algún capricho, al parecer ver la expectación y el agrado que experimentan las personas regaladas nos provoca una satisfacción mayor que autoregalarnos.

 

Muchas personas se han preguntado si ésta es sólo una conducta relacionada con los adultos y lo cierto es que no. Un artículo publicado por PLOS One indicaba que este fenómeno puede apreciarse también en los niños más pequeños. Aunque éstos no están en edad de regalar como tal, la Universidad de British Columbia quiso hacer el experimento utilizando golosinas.

Estos niños, a pesar de estar encantados de recibir presentes, mostraban mayor felicidad cuando les daban ellos mismos una golosina propia a un peluche. Por encima incluso de cuando el experimentador se las daba a los niños o cuando el experimentador le daba al peluche una de las suyas. La felicidad de estos niños era independiente de las “emociones” expresadas por el peluche, que era manejado por el experimentador. Con ello quedaba claramente demostrado que los niños eran más felices compartiendo sus propias chucherías. ¿Y tú? ¿Preparado para ser feliz?

“Uno a uno todos somos mortales. Juntos, somos eternos”
Apuleyo

Navidad puede detonar depresión en adultos mayores

Navidad causa depresión en adultos mayores

La época de navidad es un momento para compartir en familia los logros que un año más nos deja; sin embargo, existen personas que no disfrutan de esos momentos.

 

La Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), define la depresión es una enfermedad que altera de manera intensa los sentimientos y los pensamientos  de quien la padece, además de la pérdida de interés en actividades que previamente resultaban placenteras.

 

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¿Cómo afecta la depresión a los adultos mayores?

 

De acuerdo con la American Psychological Asociation, la depresión en adultos mayores se hace presente cuando se tiene la sensación de una pérdida de control sobre su vida debido a problemas con la vista, pérdida de la audición y otros cambios físicos.

 

Las fiestas decembrinas suelen ocasionar depresión en adultos mayores, debido a  que suman las pérdidas de sus seres queridos, de su salud, carecen de redes sociales, de apoyo, viven situaciones de dependencia o abandono; además de padecer limitaciones funcionales.

 

La licenciada Cynthia Pereyda Herrera, Consejera en Tanatología en el Centro Bariátrico Metabólico Dalinde, explica que este tipo de trastorno ocurre en el invierno.

 

La disminución de luz  durante el día ocasiona una alteración de dos sustancias químicas en el cerebro que son la melatonina y la serotonina, encargadas de regular los ciclos de sueño y alerta, la energía, el apetito y el estado de ánimo.

 

¿Cómo detectar depresión en adultos mayores? Aquí te compartimos algunos síntomas:

 

1. Lentitud en el pensamiento.

 

2. Distracción u olvidos.

 

3. Disminución de las actividades de la vida diaria.

 

4. Desesperación, tristeza o apatía.

 

5. Insomnio por la noche y largos periodos de sueño durante el día.

 

6. Alto consumo de alimentos dulces.

 

7. Baja autoestima.

 

8. Pensamientos suicidas o asociados con la muerte.

 

Cifras del Instituto Nacional de Geriatría indican que 15% de los adultos mayores de más de 65 años sufren trastorno depresivo el cual en la mayoría de los casos no es diagnosticado o tratado debidamente.

 

¿Cómo ayudar?

 

Se estima que de 30% a 50% de todos los adultos mayores tendrán un episodio de depresión durante el transcurso de sus vidas.  Por ello te compartimos algunas  recomendaciones del Centro Bariátrico Metabólico Dalinde para que los ayudes a superar esa etapa:

 

1. Realiza actividades. Integra al adulto mayor en las actividades familiares

 

2. Compartir con la naturaleza. Es recomendable tomar baños de sol diarios por periodos de 15 minutos.

 

3. Sé parte del mundo. Si la persona está en cama, deja entrar la luz del sol por la ventana

 

4. Actívate. Incrementa la actividad física con breves caminatas al exterior.

 

5. Higiene del sueño. Toma siestas de veinte minutos como máximo.

 

Un diagnóstico y tratamiento temprano ayudan a contrarrestar y prevenir las consecuencias emocionales de la depresión en adultos mayores. ¡Cuídalos!

El anuncio nos muestra un abuelo pasando navidades y navidades en soledad pues sus hijos están tan ocupados en sus quehaceres profesionales, familiares, viajes… que no tienen tiempo de reunirse.

Antiguamente era frecuente ver como tres generaciones convivían en el hogar compartiendo el día a día. El que la mujer trabajara en las tareas del hogar facilitaba el cuidado de las personas dependientes, bien fueran bebés, niños o ancianos. Con la incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar empezaron a ser necesarios otros servicios que cubrieran estas necesidades así como son las escuelas infantiles, las residencias, o el personal contratado para estar en el hogar.

Nos parece fenomenal que la mujer pueda desarrollar su faceta profesional. En este sentido esta reflexión es un alegato a la conciliación, palabra que está a día de hoy en boca de todos pero en ningún lugar parece existir realmente.

Las jornadas laborales cada vez más largas junto con los salarios cada vez más precarios hacen muy difícil que esta conciliación sea posible. Pero ¿Es éste el único motivo por el cual nos resulta “imposible” cuidar de nuestros mayores?

Nos vamos a centrar en esta ocasión en la vejez aunque somos conscientes de que muchas de las cosas que vamos a tratar hoy serían aplicables a todo aquel sujeto dependiente (bebe, niño, discapacitado…)

Parece que a día de hoy se demandara ser eternamente joven. A los niños les introducimos cada vez más rápido en el mundo del adulto y los adultos no quieren crecer. La juventud está colocada en el lugar de la completud, convirtiéndonos en todopoderosos. Pareciera así que las personas dependientes nos molestan, no nos permiten llevar el ritmo acelerado que queremos y hay que “guardarlas”, “aparcarlas”, para poder seguir con nuestras vidas “sin límites”.

Es frecuente escuchar al personal de las residencias hablar de ancianos deprimidos, absortos en sí mismos, con la mirada al infinito y queriendo desaparecer. Estudios recientes comienzan a hablar del papel que juegan las emociones en que enfermedades como la demencia avancen más o menos despacio.

¿Con qué nos confrontan estos ancianos que necesitamos tanto esconder? Es como si al “guardarlos” estuviéramos negando algo, ¿el qué?  Desde nuestro punto de vista los ancianos nos confrontan con la muerte. Con que el “elixir de juventud” que nos prometen los anuncios de televisión es una “patraña” que sólo sirve para calmar momentáneamente la angustia que despierta el hecho de que todos, algún día, moriremos.

No es cuestión de ponernos pesimistas, pero si nos parece necesario poder reflexionar acerca de cómo poder integrar la vida y la muerte en un sujeto. En cómo poder aceptar nuestras limitaciones a través de ver las de los otros y cómo este hecho no debería “enviarnos al cajón del olvido” sino ser capaces de vivir con nuestra incompletud.

Os dejamos el enlace al video por si quereis verlo https://www.youtube.com/watch?v=7cJ1K7fyVPE

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